La mujer fuerte de Chuquicamata

Hace 22 años, Cecilia González se transformó en la primera mujer en dirigir un sindicato en la mina de Chuquicamata. Desde entonces los trabajadores, en su mayoría hombres, la han reelegido continuamente. Hoy los lidera para negociar el impacto de la transformación de la mina de rajo abierto a una subterránea. Sobre este proceso, sobre su vida en Chuquicamata, donde nació y creció, y cómo ha logrado hacerse un espacio de poder en tierra de hombres, habla la dirigente sindical.

A mediados de 1996, Cecilia González, secretaria del área de taller mecánico en la mina de Chuquicamata, se paró frente a miles de trabajadores -la mayoría hombres- en el auditorio sindical, ubicado en la población contigua a la mina. Era la primera vez que una mujer llamaba a asamblea, la primera vez que una mujer -en la historia de 114 años de Chuquicamata- era elegida presidenta sindical. En su caso, del emblemático sindicato N° 1.

Para llegar ahí se había preparado. Tomó antes cursos de oratoria, e hizo una campaña por todas las áreas de la mina, conociendo uno a uno a los trabajadores. Aunque había conseguido la mayoría de los votos, esa primera vez que enfrentó a la multitud de obreros como presidenta se sintió nerviosa.

-Todos los socios de mi sindicato estaban sorprendidos de que yo tuviera los votos para ser la presidenta, y como era primera vez que una mujer asumía, había una serie de expectativas de “cómo lo va a hacer esta mujer”, y también por parte de la empresa de “cómo vamos a negociar con esta mujer” -dice Cecilia González.

Hoy, Cecilia recuerda lo que dijo en esa asamblea:

-Les dije: “Sé que desde que se supo que yo asumí la presidencia nos dicen el sindicato de los ‘calzonudos’, pero yo quiero decirles que me den la oportunidad de demostrar que tanto hombres como mujeres podemos hacer las cosas bien”.

Desde entonces y durantes 22 años ha sido reelegida. Su vínculo con la mina comenzó cuando nació, hace 56 años, en la antigua población de Chuquicamata, y se mantiene hasta hoy como presidenta sindical, dirigiendo a más de mil ochocientos trabajadores. Hoy es parte de uno de los procesos más importantes por los que ha pasado la mina: la transformación de ser una mina a rajo abierto a una subterránea.

-Para mí es súper motivante estar en hitos tan importantes de la historia de Chuquicamata, y sobre todo representando a los trabajadores para que la empresa no los pase a llevar -dice Cecilia, quien está en plena negociación sobre los planes de egreso de mil setecientos trabajadores que se tendrán que retirar.

Nacer y crecer en Chuquicamata

En la foto, Cecilia González está parada sobre una gigantesca rueda amarilla -casi del mismo alto que ella- enterrada en la tierra seca de la Región de Antofagasta. En la imagen ella viste bototos café, pantalones beige, una polera roja, chaleco de seguridad naranjo fosforescente, anteojos de sol y casco. Detrás se ve un camión de varios metros de alto estacionado. Al fondo, el cielo celeste brillante contrasta con el café grisáceo de la tierra. El paisaje que se ve en esa foto es el que ha acompañado a Cecilia durante toda su vida.

El 21 de noviembre de 1961, Cecilia nació en el hospital de la antigua población de Chuquicamata. Su madre era dueña de casa y su padre trabajaba como obrero en la sección de los trenes, en los que antes se transportaba el mineral. Era la cuarta de seis hijos. Todos vivían y estudiaban en Chuquicamata, ya que por el contrato de su padre, la familia recibía una casa. Eran casas pareadas, algunas separadas por planchas de lata, y la mayoría tenía los baños afuera. Dice que tuvo una infancia tranquila, en la que salía a jugar con los niños a la calle y a una plaza que había en el barrio, sobre todo cuando los padres habían tenido turno de noche y debían mantener silencio para que durmieran en el día.

Su infancia en Chuquicamata fue interrumpida cuando tenía 4 años y a su padre le diagnosticaron un tumor al cerebro. Al poco tiempo falleció. Con el término del contrato tuvieron que entregar la casa y la madre de Cecilia se trasladó a Calama.

-Nos vinimos a Calama y mi madre tuvo que empezar a trabajar. Ella quería volver a Chuqui, y todos queríamos, porque era seguro y estábamos más protegidos -cuenta Cecilia. En Calama su madre, que antes no trabajaba, puso un almacén, y al poco tiempo conoció a quien se convertiría, como Cecilia dice, en su segundo papá. Él también trabajaba en Codelco y gracias a eso pudieron volver.

Instaladas nuevamente en Chuquicamata, recuerda que con sus amigos iban al cerro La Cruz en la noche a ver pasar el tren con los minerales, o a veces escalaban las “tortas” -lomas circulares gigantes de tierra desechada- y con un cartón se tiraban como si fuera un trineo. En vez de quedar mojados por la nieve, quedaban empolvados de tierra. Cecilia estudiaba en la Escuela 4 de Señoritas de Estados Unidos, el colegio para los trabajadores. Unos metros más allá estaba el campamento de los ejecutivos de la empresa, en su mayoría estadounidenses.

-La infraestructura de sus casas era enorme, eran preciosas. Los gringos tenían un colegio aparte en el que enseñaban inglés, y aunque compartimos el hospital, tenían un piso para ellos con derecho a piezas privadas. El resto estábamos en salas comunes; era tremendamente clasista -recuerda Cecilia.

Aunque la vida en Chuquicamata giraba en torno a la mina, Cecilia tenía en un principio sus propios planes: quería dejar la población y partir a Antofagasta a estudiar Pedagogía. Pero en marzo de 1980, el año en que debería haber entrado a la carrera, su hermana dos años mayor falleció en un accidente de auto, en el que iba junto a su madre, quien sobrevivió pero quedó con varias fracturas.

-No podía irme de la casa, tenía que quedarme -cuenta Cecilia, quien canceló sus planes de Pedagogía, y sacó en vez un curso en secretariado en Calama. Era 1981, quedó aceptada para hacer la práctica en Codelco. Tenía 19 años y su destino en Chuquicamata recién empezaba.

Vocación de servicio

En todos los años que Cecilia había vivido en Chuquicamata, nunca había pisado la mina. Los talleres y el tamaño del rajo abierto, de más de 5 kilómetros de largo, la impactaron.

-Me acuerdo de la primera vez que llegó la hora de colación y tuve que ir al comedor, donde había cerca de 300 trabajadores almorzando. Entré y ellos empezaron a silbar y a golpear las mesas, como que te daban la bienvenida, pero a mí me tiritaban las piernas cuando tenía que pasar entremedio de ellos -recuerda Cecilia, quien cruzó el comedor hasta llegar a su mesa, donde estaban las demás mujeres. Eran 9 entre miles de trabajadores.

Luego de hacer su práctica la contrataron en el área de Protección Industrial. Estuvo un año y medio ahí, pero vivía una situación de acoso con su jefe y pidió que la cambiaran de área.

-En ese tiempo, en dictadura, mi jefe era un coronel de Carabineros. Esa persona me acosaba demasiado. Me invitaba a salir, a comer, me traía regalos, me decía que me podía ayudar a ascender. Yo inventaba excusas y le decía que no, entonces, cuando me mandaban a redactar un informe me los rayaba y encontraba que estaba todo malo -recuerda Cecilia.

La trasladaron al área de Mantención, y los siguientes 14 años fue cambiándose de un área a otra. En esos años, cada vez que tenía tiempo se ponía el casco y se iba a recorrer los talleres a instalarse a conversar con los trabajadores sobres sus vidas, hasta que un grupo de ellos la motivó a postularse al sindicato. Después de hacer una campaña, a los 34 años se convirtió en la primera mujer en dirigir un sindicato en Codelco.

En su nueva posición, le tocó negociar con la empresa uno de los hitos más importantes para los trabajadores: el cierre de la población de Chuquicamata y el traslado de casi 5 mil familias hacia Calama, un proceso que empezó en 1998 y terminó el 2006. El motivo: la contaminación. El campamento estaba a pocos metros de la mina, y la polución de los trabajos y el humo de la chimenea eran parte del ambiente. Pero a pesar de las condiciones en las que vivían, cuenta Cecilia que los trabajadores no querían dejar sus casas.

-Me acuerdo que les dije: “yo nací aquí, viví con mi hermana aquí, somos una familia conocida en Chuqui, ustedes me tienen como dirigente, y yo les voy a decir la verdad: por mí, no me iría, pero tenemos que irnos porque nos vamos a terminar enfermando todos” -cuente Cecilia .

-¿Qué opina sobre la contaminación que hay en Quintero y Puchuncaví, en la que se apunta como uno de los responsables a una división de Codelco?

-Codelco es una empresa del Estado de Chile, y se tiene que someter estrictamente a las medidas medioambientales. Si Codelco está contaminando, tiene que tomar las medidas necesarias, porque no se puede jugar con la salud de las personas. Nosotros acá en Chuquicamata hemos vivido altos índices de contaminación siempre. Chile tiene que ser un país sustentable, tiene que ser un país de respeto a las normas medioambientales y a lo que significa estar contaminando. Hoy la población está empoderada y no está dispuesta a cambiar salud por plata. Y eso es así. Y eso lo que estamos viendo ahora en Quintero.

La contaminación a la que se han expuesto muchos trabajadores también en Chuquicamata es uno de los motivos por los que Cecilia y el sindicato están negociando con la empresa los planes de retiro de los mil setecientos trabajadores, que se irán tras la actual transformación de la mina. Su objetivo es que se consideren planes de salud y que se mantengan afiliados a la isapre de la empresa.

-Hay personas que a raíz de trabajar 40 años están con silicosis (enfermedad crónica del aparato respiratorio que se produce por haber aspirado polvo de sílice en gran cantidad) y otras enfermedades profesionales. Hoy día, Codelco no puede decir “te vas sin salud”, porque nosotros somos una de las divisiones que ha trabajado con la más alta contaminación -dice Cecilia-. Aunque estos trabajadores quisieran meterse a otra isapre, no los van a recibir por preexistencia. (…) Hasta el 2016 los trabajadores se iban y a todos se les mantenían los planes de salud. Codelco se olvidó de su rol social.

Para Cecilia, su vida ha sido su trabajo como dirigente sindical.

-Uno en la vida opta por hacer cosas, y cuando uno tiene la sensibilidad social, la vocación de servicio, vas dejando postergadas muchas cosas en tu vida privada. Siempre estás muy preocupada de los demás y empiezas a mirar para atrás y para el lado y dices “bueno, esta fue mi opción de vida, de la cual yo estoy totalmente conforme”. Si hubiera una profesión de vocación de servicio, yo la hubiese estudiado.

Ganarse un espacio

Es un martes de septiembre, Cecilia González está en las oficinas de Codelco en la calle Huérfanos, en Santiago. Está sentada en una gran oficina de reuniones rodeada de muros tapizados en cobre y con una mesa de varios metros de largo en el centro. Ahí sostuvo una reunión con el Consejo de diversidad de género y conciliación de la vida laboral, familiar y personal, que ella también preside, y con la que han conseguido, entre otras cosas, que compren ropa de mujer para las trabajadoras (hasta hace cinco años usaban solo ropa de hombre) y subir el porcentaje de mujeres de un 5 a un 9 por ciento en la empresa. Aunque dice que también ha habido retrocesos, como el hecho de que el directorio volvió este año a estar compuesto exclusivamente por hombres.

-Yo creo que a Codelco le ha costado mucho terminar con la cultura machista, porque la administración no es joven, es una administración machista. Desde que empecé como dirigente sindical muchas veces no tomaban muy en serio lo que decía una mujer. Por el hecho de ser mujer te descalificaban, porque pensaban que uno técnicamente no tenía las competencias para poder sentarse a negociar. Siempre ha sido estar demostrando que tú sí puedes, demostrando que sí tienes la capacidad de dirigir y de negociar.

Durante su carrera sindicalista, Cecilia ha tenido que trabajar duro para hacerse un espacio. Para eso, con la ayuda de los trabajadores, se ha preocupado de estudiar y aprender todos los detalles técnicos de los procesos industriales, además de recibir la ayuda de asesores externos.

-Durante todos estos años, siempre he negociado con puros hombres, nunca con mujeres, entonces al final adquieres las tácticas de los hombres, aprendes a tener una mirada desde el punto de vista del otro. Los hombres no se ponen en el lugar de las mujeres. He tenido que hablar en el código de ellos y demostrar que lo que estoy discutiendo tiene sustento para llegar a un acuerdo.

Cecilia cree que los trabajadores la siguen reeligiendo porque ella no es populista, que les habla con la verdad y les explica lo que sí es posible conseguir y lo que no. El año pasado fue reelegida como presidenta del Sindicato N° 1.

-Yo soy una de las dirigentes más antiguas de Chuqui y siento que no me puedo ir todavía. Es algo personal, porque las futuras generaciones que están llegando de dirigentes sindicales tienen que conocer la historia. Nosotros tenemos que ser los maestros de los dirigentes nuevos, cosa que la historia de Chuqui no se entierre, que todo el trabajo de la mina subterránea sea una continuidad de la mina a rajo abierto. Eso significa llevar toda nuestra historia.

http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=509016

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